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+ Con independencia de que unos padres católicos envíen a sus hijos a un colegio, los eduquen integralmente en casa, o busquen soluciones imaginativas entre ambos extremos, todos los hogares cristianos deben ser en sí mismos una escuela de imitación a Jesucristo. No es una opción, no es algo que vaya sólo con algunos temperamentos. Es la lógica de la fe.
Por eso nos hemos acogido al patronazgo, a la protección, de la santa madre del gran San Bernardo de Claraval, Alicia de Montbar. Mujer inteligente, sin mojigaterías, recia y con una capacidad de amar ilimitada. Tuvo siete hijos y a los siete los empujó hasta los altares y no se olvidó del bueno de su esposo, el hosco Tescelín el Moreno, ni de una nuera, ni, por supuesto, de ella misma.
¿Qué fue aquel hogar cristiano? Una escuela de la imitación al dulce Jesús. Para nosotros, aquel hogar es una escuela: la escuela de Alicia de Montbar.
El gran San Francisco de Sales, en su Introducción a la vida devota (cap. 38), de lectura obligada para todos, dice:
“Santa Mónica, estando encinta del gran San Agustín, lo consagró muchas veces a la religión cristiana y al servicio de la gloria de Dios como él mismo nos lo da a entender, cuando nos dice que había gustado «la sal de Dios en las entrañas de su madre». Es una gran lección para las mujeres cristianas la de ofrecer a la divina Majestad el fruto de su vientre, ya antes de haber nacido, pues Dios, que acepta las ofrendas de un corazón humilde y generoso, favorece, ordinariamente, los deseos de las madres en estas ocasiones. Testigos de ello son Samuel, Santo Tomás de Aquino, San Andrés de Fiésole y muchos otros. La madre de San Bernardo, digna madre de tal hijo, tomando en sus brazos a sus hijos, al instante de haber nacido, los ofrecía a Jesucristo, y, desde entonces, les amaba con respeto, como una cosa sagrada que Dios le había confiado, y fue tan feliz el éxito de esta práctica, que los siete fueron muy santos”.
(seguirá)
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