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+ (Mientras llega otro artículo más sistemático sobre la socialización en la escuela, ahí va uno que sí se publicó, en octubre de 2007, en el mismo medio. El título es engañoso, pues toca temas previos y sólo de refilón se centra en los colegios. Por si sirve de algo y para tomárnoslo con buen humor).
La escuela socializa al niño
El ser humano es social por naturaleza, no por graciosa concesión del ministerio de educación. El padre de un recién nacido recibe abundantes consejos de buscar para su vástago una escuela infantil: “Así los padres estáis más libres y para el niño es mejor, porque socializa”. Los padres, muchas veces forzados a trabajar él y ella, calman su mala conciencia con eso de que es mejor para la criatura, que socializa. Lamento romper esa ilusión, pero eso de que el niño socializa en esos centros es una bola. El buen sentido y la sabiduría cristiana nos enseñan que la vida en sociedad está en la naturaleza humana y que, naturalmente, el niño tiende a esa vida. No hay que hacerle social, porque lo es. La sociabilidad natural ha de desarrollarse y formarse, pero el crío, al trasponer el umbral de la escuela, es plenamente social. Cuando alguien se plantea educar a su hijo en casa se suele encontrar no tanto con la preocupación por la bondad de la enseñanza que vaya a recibir, sino con alarmados ciudadanos que esgrimen la maldición del mito: “Será un raro”; “no socializará”. Conozco decenas de niños y de jóvenes educados fuera del sistema escolar y doy fe de que no sólo no tienen plumas en las orejas, sino de que en cuanto a capacidad de entablar relaciones, buenos modales, cortesía, instrucción, docilidad y, sobre todo, alegría, no podrían recibir lecciones de sus coetáneos escolarizados. Cuando una madre –en presencia de sus niños asilvestrados, chillones, maleducados, irrespetuosos, antojadizos, caprichosos, tiranos, siempre insatisfechos y aburridos, pero legalmente escolarizados– me fustiga con amenazas de los indecibles males que le esperan a mi hijo si no lo escolarizo, guardo un resignado silencio. La socialización nunca ha sido una preocupación educativa hasta hace pocos años. En los tratados clásicos de educación el tema ni se plantea, porque se trata de formar personas libres y virtuosas. Hoy, sin embargo, lo de socializar ocupa el primer puesto de las preocupaciones, y nunca como hoy la escuela había devuelto a la sociedad adolescentes tan poco sociables, tan centrados en sus vacíos egos, tan adolecientes, es decir, tan enfermos. El hombre, naturalmente social, no necesita de ninguna ortopedia que le insufle sociabilidad: le basta el afecto cordial de su familia, una educación inteligente y la vida sana, para convertirse en un tipo magnífico. La escuela puede cooperar con ese desarrollo, siempre que se ajuste a su propia naturaleza, algo que hoy en día no puede darse por descontado. Hay que liquidar el mito de que la escuela socializa y de que sin ella el niño crecerá con algún enigmático trauma, que será un tarado toda la vida. ¿Existe alguna prueba de esa afirmación? Ninguna. La experiencia de quien ha sobrevivido a la escuela nos hace haber sido testigos de la crueldad y la indiferencia con la que un grupo de gente menuda se ceba en el más débil, el más larguirucho, el más bajito, el menos agraciado, el más simplón, el gordito, el gafotas... haciendo imperar la ley de la manada –lo contrario de la sociedad– durante etapas enteras de la infancia. Poner juntos a muchos niños simplifica la tarea de encontrar maestros adecuados, pero las indudables ventajas que eso ofrece no eclipsan los no menos ciertos riesgos de crear mundos pequeños en los que los niños –salvo una vigilancia y un cuidado maternales, sabios y santos– den rienda suelta a su pecado original y a su aún escasa racionalidad. Sin gran dosis de prudencia y de santidad, los “mundos pequeños” que siempre son las aulas de un colegio degeneran en bandas en las que se aprende lo contrario de las virtudes necesarias para la auténtica vida social. No sólo se ven perjudicados los niños que son objeto de abuso, sino todos los que contemplan, aprenden y adquieren malos hábitos sociales, de pasividad frente a la injusticia, de relaciones basadas en la apariencia y en la superioridad, de complicidades en lugar de incipientes amistades virtuosas. Esos problemas de la escuela se ven hoy agravados por una errada jerarquía en las prioridades educativas. Los espeluznantes casos de violencia en las aulas, de abuso y de sufrimiento innecesario en muchos niños son sólo la porción aparatosa de un problema mucho más profundo. El ser humano nace herido por el pecado y con una arraigada tendencia al mal. La mala educación basada en la espontaneidad y en la no represión conduce a la creación de unos microcosmos enfermos en las aulas.
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