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Antes de hablar de lo prometido, quiero insistir en que no creo que debamos confundirnos con el término "utópico".
Intento explicarme.
Pienso que no es que debamos proponer un "modo" peculiar de ser y vivir la fe y sus exigencias (por ejemplo, educativas), sino recordar cuales son las exigencias de la vida de fe y advertir que el peligro es siempre -y particularmente hoy- desvirtuar la fe, de modo que ya no comprendamos en qué consiste y cuáles son sus exigencias. Debemos hacer una llamada a todos, no sólo a los "campeones".
Está la fe de Jesucristo y los dones del Espíritu Santo, y las virtudes, que llaman A TODOS. No hay dos tipos de cristianismo, sino sólo uno. Yo no me siento utópico, ni rebelde, ni nada. Me siento obligado por la misericordia de Dios, por la gracia de Dios.
¿Por qué creo que es importante decir esto? Porque no somos un grupo de chalados (bueno, un poco sí) o de gente que comparte una afición particular. Hay que dejar bien claro que lo que hace falta es volver a la fe de Jesucristo, sine glossa, que diría San Francisco. De este modo, hacemos un favor a todos los que les recordamos que si tienen fe están obligados a conocer las exigencias de su fe y que si no les interesan esas consecuencias, no les interesa su fe. Quien niega las consecuencias, niega la premisa.
Así las cosas, hay que recordar a los católicos que hoy impera una atmósfera incompatible con la vida de fe y que ignorarlo o no querer afrontarlo es sencillamente haber pactado con el mundo: ser del mundo y no de Cristo.
El P. Leen decía hace ya muchos años:
“Un considerable número de cristianos está permitiéndose absorber unos principios que minan la construcción del pensamiento cristiano. No se dan cuenta de que para el cristianismo es mucho más peligroso vivir en una atmósfera de naturalismo que estar expuesto a la persecución directa. En los viejos tiempos del Imperio romano, los que se alistaban bajo el estandarte de Cristo veían, con una claridad lógica, que estaban obligados a cortar amarras con la vida social del mundo en el que vivían: con sus gustos, con sus costumbres, con sus entretenimientos. La línea de demarcación entre la vida pagana y la vida cristiana era cortante, claramente definida y evidente. Los cristianos modernos no están en una situación tan favorable. El armazón de la organización social cristiana aún sobrevive (n.d.a: en 1939). Esta organización da la impresión de ser tan sólida e imponente que fácilmente nos pasa desapercibido el hecho de que ha perdido su alma. Bajo el refugio de esa organización vital creada por el cristianismo se han infiltrado costumbres, modos de comportarse, hábitos de pensamiento, quizás aún más antagónicos con el espíritu del cristianismo que las costumbres y las maneras de la Roma pagana”.
El Padre Leen analizaba el modo de difusión de ese pensamiento:
“Esta infiltración de un paganismo post-cristiano ha sido continua pero lenta, y su avance resultaba imperceptible. El cristiano de hoy en día piensa que está viviendo en una civilización cristiana. Sin prevención, sigue la corriente de la vida social a su alrededor. Sus diversiones, sus placeres, sus anhelos, sus juegos, sus libros, sus periódicos, sus ideas sociales y políticas son prácticamente las mismas que las de las personas con las que se junta y que pueden no conservar ni un vestigio de principios cristianos en sus mentes. Sólo se diferencia de ellos en que mantiene algunas creencias religiosas distintas y en que se aferra a algunas prácticas religiosas diferentes. Pero aparte de eso, en lo que llamamos mundo civilizado, no existe ningún contraste llamativo entre la conducta vital visible de un cristiano y de un no cristiano. A los cristianos les divierten y les interesan las mismas cosas exactamente que atraen a los que han abandonado toda creencia en Dios. El resultado es un creciente divorcio entre la religión y la vida en el alma del individuo cristiano. Poco a poco su fe deja de ejercer un efecto determinante sobre el conjunto de las ideas, de los juicios y de las decisiones en lo que él considera su vida puramente “profana”. Su fisonomía, en cuanto ser social, no conserva ya traza alguna del efecto formativo de las creencias que profesa. Y rápidamente su fe se convierte en algo heredado por tradición, una rutina, y deja de ser algo hacia lo que se dirige la mirada en busca de una fuente real de vida”.
“¿Es acaso posible respirar un aire contaminado sin que nuestros pulmones se vean afectados por él? El cristiano de hoy, nace y crece en una sociedad prácticamente descristianizada del todo. Su sistema de pensamiento, que determinará sus criterios, sus gustos y sus juicios en todos los asuntos de importancia, se corrompe de manera gradual por los errores dominantes en la sociedad. Estos errores flotan como gérmenes malignos en los medios por los que se transmiten ideas a la mente: en libros, en obras de teatro, en películas, en periódicos, en conferencias y en cualquier otro medio usado para propagar las ideas humanas [sobre todo en la televisión, n.d.a]. El cristiano que, bajo la acción de la gracia divina, encuentra la fuerza y el coraje para revolverse contra los criterios de valor dominantes, de un modo instintivo se vuelve hacia los santos en busca de un esquema vital satisfactorio”. -----
Como resumen, me quedo con una frase también del P. Leen: “Los auténticos hombres son los santos, y sólo ellos han sabido realmente en qué consiste la vida”.
Lo que proponemos, con la escuela de Alicia y con todas nuestras demás iniciativas es imitar a los santos. Nada más. Porque ellos han sabido realmente en qué consiste la vida.
Abrazos,
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