La escuela de Alicia

Foro sobre la educación católica y la escuela en casa
Fecha actual 08/09/2010, 04:13:38

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 Asunto: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 03/11/2008, 21:19:12 
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Un cúmulo de circunstancias me ha mantenido lejos del foro durante varias semanas, salvo ojeadas puntuales.

Veo que algo parecido ha pasado con los demás foreros.

Me parece una buena coyuntura para estas confidencias personales.

1. Lc, 14, 28: “quis enim ex vobis volens turrem aedificare non prius sedens conputat sumptus qui necessarii sunt si habet ad perficiendum...” ¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta antes a contar si tiene el dinero necesario para completarla?

La educación en casa es como aquella torre que hay que construir, por lo tanto, lo más urgente es ver si tenemos el “dinero” necesario para completarla.

2. El “dinero” que nos hace falta es, principalmente, la confianza o, por mejor hablar, la esperanza sobrenatural. Una esperanza a prueba de bombas. Porque bombas no van a faltar. Por supuesto, que hace falta “la calderilla” de la disciplina, de la dedicación, de la estudiosidad, del método... pero de nada sirve sin un buen caudal de esperanza sobrenatural. Y la esperanza sobrenatural espera... sin indicios naturales...

3. Nuestra decisión la va a poner a prueba, ante todo, la soledad. La decisión de educar en casa puede verse respaldada (no es mi caso, lamentablemente) por personas afines en nuestro entorno, pero lo más frecuente es que no lo sea.

4. La familia, entonces, está sola delante de su decisión en el día a día. Si no anda sobrada de esperanza, la aventura no puede acabar más que en fracaso.

5. Hay que buscar ayuda y ayuda existe. Hay materiales, hay personas que, gracias a los medios de comunicación, nos pueden dar un gran apoyo... PERO HAY QUE SABER QUE LA DECISIÓN LA LLEVA ADELANTE LA FAMILIA. Hay que preguntarse: ¿si mi familia fuera la única en esta batalla, seguiría adelante sólo con la ayuda de Dios?

6. Si uno ha respondido que sí, debe saber que la única razón por la que lo hace es porque está obligado delante de Dios. Como dice un excelente amigo y padre de homeschoolers: todo está en la decisión. Entonces todo se simplifica.

7. Por eso debemos cuidar nuestra decisión, y tener muy claro por qué la hemos tomado.
Si en nuestra mente, hipotéticamente, puede concebirse una situación tan hostil que acabásemos por ceder ante la escolarización moderna, me parece muy difícil seguir adelante porque uno se preguntará continuamente si vale la pena el esfuerzo.
Mientras que si uno ha tomado su decisión delante de Dios y después de seria reflexión y sabe que pasará por lo que haga falta antes que entregar la educación de sus hijos, todo se vuelve más sencillo. Como dicen los economistas: la soledad ya está “descontada” y con toda la dureza que conlleva, se vive con alegría. Porque "antes morir que faltar".

(seguiré)


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 Asunto: Re: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 03/11/2008, 23:57:26 
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No puedo estar más de acuerdo. Tengo colgado en lugar crucial el cuadro de la Divina Misericordia y su "Jesús, confío en tí". Cuántas veces hemos empezado las clases rezando todo lo que sabemos a la Virgen María para que nos de su alegría y su paz. Y sin la misa, no podría seguir. Pero en algo discrepo. No es sola la familia. Es la familia con Dios.


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 Asunto: Re: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 04/11/2008, 00:37:30 
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Sí que estamos de acuerdo en eso, también. Pues la fe sobrenatural es obra de Dios en el alma, es presencia de Dios en el alma. Por eso digo que la esperanza sobrenatural se caracteriza por esperar por su propia virtud y no por los indicios naturales.

Hay algo de tremendamente purificador en los tiempos difíciles, como los que vivimos. No es que yo los hubiera elegido. Qué va. Yo hubiera elegido seguramente el siglo XIII, cristiano en sus virtudes y hasta en sus defectos. Pero en su infinita sabiduría y providencia, Dios nos ha llamado a su amistad en estas curiosas circunstancias. Es, pues, ante todo un privilegio poder amar a Jesucristo en estas adversas circunstancias. Un tremendo privilegio.

Pero, insisto, lo adverso de las circunstancias tiene algo de espantosamente purificador. Cuando todo acompaña -también en el orden natural, sometido a la gracia por la virtud y por el buen gobierno- un peligro acecha. El de confundir las virtudes teologales con sus correspondientes virtudes naturales: y podemos "creer que creemos" por una cierta connaturalidad con la religión, y "creer que esperamos" por una confianza natural en un orden que no nos ha fallado, y "creer que amamos" porque nuestro corazón rebosa de simpatía hacia una naturaleza en orden. Podemos descansar hasta tan punto en los factores favorables que es posible olvidarse de la gratuidad de lo sobrenatural.

Las virtudes teologales, que nos ponen inmediatamente en contacto con la intimidad de la Trinidad, son gratuitas, absolutamente gratuitas. Creo que fue el concilio arausicano segundo el que definió, contra los semipelagianos (contra nosotros), que la gracia (gratis data) no sólo estaba en la ejecución del bien, sino en el mismo deseo de hacer el bien.

Pues bien, a veces, un ambiente favorable (¡bendito sea!) para la virtud puede hacernos olvidar que no son las circunstancias amigables las que establecen la amistad con Dios,
sino Dios mismo, que obra en el alma y que es secundado libremente por ella. Dios, que puede sacar hijos de Abraham de las chinas del río, es más fuerte que las circunstancias más hostiles.

Por eso, la virtud de la esperanza es la virtud por antonomasia del guerrero que lucha por y no para una causa. Luchamos por agradecimiento y por fidelidad al don de Dios, no para que de nuestros esfuerzos se deduzca una victoria para nuestra causa. La victoria está en Dios.

Así, la esperanza sobrenatural, es la virtud siempre del guerrero, pero sobre todo cuando aparece a los ojos de los hombres que la causa está perdida. Entonces, la esperanza vuela sobre la miseria y nos asegura el triunfo. Gedeón, David, los macabeos... Santa Juana de Arco. ¡Ah, la esperanza del otro mundo de Santa Juana! Ella sabía que luchaban "por" y no "para". "Los soldados deben luchar el buen combate, y Dios dará la victoria". Dejando bien claro que no existe proporcionalidad alguna entre el buen combate y la victoria. Lo nuestro es combatir por fidelidad, por gratitud, por esperanza.
Y Dios, el Dios de los ejércitos, regala la victoria (siempre, en el otro mundo) cuando quiere.

"Cuando todo está perdido, nos queda la oración". Y cuando no todo está perdido, todo depende de la oración. Lo que pasa es que en el primer caso, es "más fácil" darse cuenta de que la esperanza es esperar sólo en la promesa de Cristo, y no esperar en la promesa de Cristo... y además en las circunstancias favorables.

Dios nos regala la oración, y la oración es fuente de esperanza sobrenatural.

Yo creo que ya he hablado antes del ejemplo que el P. McCorry pone de San Simeón, el profeta que esperaba la venida del Mesías. Él dice cómo probablemente, Simeón no pasó grandes penalidades externas. No era ésa su prueba. Su prueba fue la esperanza. En su juventud, él recibió una promesa (como nosotros, por cierto). Y desde entonces, todos los días se levantaba con un anhelo: "¿será hoy cuando vea al Mesías?" Pero pasaban los días, los meses, los años. Y su vida, por lo demás, agradable, era una prueba que sus vecinos ignoraban. Su prueba fue esperar sólo, sólo, sin más, en la promesa recibida. Cuando se iban acumulando los años y todo parecía conspirar diciendo: "Nunca se cumplirá la promesa de Dios", él sólo podía sacar fuerzas de aquella promesa, de la oración que siempre mantenía fresca aquella promesa. San Simeón fue un mártir de la esperanza.

Probablemente, en estos momentos en que todo conspira para acallar la promesa de Cristo, nosotros, que queremos (no sólo deseamos) vivir esa promesa y por eso transmitirla también a nuestros hijos, estemos llamados a un martirio de la esperanza.

Siendo así, ¡qué indulgencia, qué paciencia, que sacrificios, cuánta oración nos debemos los unos a los otros!


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 Asunto: Re: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 22/11/2008, 12:50:49 
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Una réplica: las familias cristianas siempre han vivido en condiciones de persecución en este mundo, creo. Las tentaciones del demonio, mundo, carne, han sido y son las mismas siempre, en circunstancias aparentemente "adversas" como en las aparentemente "favorables". Cierto que cada año, cada hora que pasa estamos más cerca del fin de los tiempos, cuando vendrá Cristo revestido de gloria, para juzgar al mundo, como Rey del Universo. Pero creo que pensar que estamos nosotros en peor, o en mejor, situación vital que la que vivieron nuestros abuelos o tatarabuelos, en concreto respecto a la educación católica de nuestros hijos, no es del todo verdadero. Cristo es el mismo, ayer, hoy y siempre, y cada uno de nosotros ha sido salvado por Él, y llamado a la comunión con Dios, a la santidad de vida personal, familiar y social.

Bueno, digo esto no para quitar hierro a la dificultad de la aventura sino para que pongamos los medios adecuados para afrontar esa dificultad, que no son otros que los que pusieron los santos de todos los siglos.

Dejo unos párrafos del libro "De Cristo o del mundo" del P. Iraburu, que estimo pertinentes en este momento:

La transformación del mundo

Cuando se dice, al modo bíblico y tradicional, que los cristianos deben renunciar al mundo interiormente, y en algunas cosas exteriormente (+Truhlar, Antinomiæ 118-119), surge en seguida la objeción de los modernos «amatores mundi»: de ese modo los cristianos quedan marginados y desentendidos del mundo, sin capacidad alguna para obrar en él y transformarlo.

¡La verdad es justamente lo contrario! Sólamente los discípulos de Cristo, libres del mundo, porque «no son de este mundo», tienen capacidad mental para extrañarse de él, para no ver como natural e inevitable lo que únicamente es histórico, perfectamente modificable; y sólo ellos tienen fuerza operativa para atreverse a transformarlo, contando con la gracia del Salvador del mundo.

Es muy importante comprender que por el mismo hecho de vivir libres del mundo, ya están realizando la transformación del mundo, ya son luz que ilumina las tinieblas, ya son sal que da sabor y evita la corrupción, ya son fermento con fuerza para transformar la masa. Es indudable: únicamente aquellos que están libres del mundo tienen en Cristo fuerza mental y operativa para transformarlo. Y en esto, como siempre, el testimonio de Cristo mismo y de los santos es absolutamente convincente.

El padre Truhlar acierta plenamente cuando en sus famosas Antinomiæ vitæ spiritualis, al estudiar el tema Transformatio mundi et fuga mundi, llega a la conclusión de que «una recta fuga mundi es al mismo tiempo un recto uso y una recta transformación del mundo. El que se independiza del mundo, asume ante él una actitud que expresa la idea y la voluntad de Dios. Ahora bien, tal actitud necesariamente completa y transforma al mundo, infundiendo en él una mayor semejanza a Dios». Evidente.

Unos novios que no aceptan el modo mundano de vivir el noviazgo, y que, con plena libertad del mundo, lo viven dóciles al Espíritu Santo -el único capaz de «renovar la faz de la tierra»-, están transformando «el mundo de las relaciones prematrimoniales»: están obrando en él como luz, sal y fermento evangélico.

Y por la misma e idéntica vía han de ser transformadas todas las realidades del mundo visible: el modo de vestir y de comer, de gastar el tiempo y el dinero, de organizar el trabajo y la convivencia, el ocio y el negocio, la manera de orientar las relaciones sociales, la educación de los hijos, la vida artística, social, económica, política... Estas transformaciones de mundos se iniciarán en personas, en seguida en familias, más aún, en grupos de familias, en comunidades más o menos amplias, para afectar finalmente -a los treinta años o a los tres siglos- al conjunto de la sociedad.

¿Hay acaso otro modo de transformar el mundo visible que esa fidelidad incondicional, en lo grande y en lo pequeño, personal o en asociaciones organizadas, al pensamiento y a la acción del Espíritu Santo, del Espíritu de Jesús, Salvador del mundo? ¿En qué se piensa, si no, cuando se dice una y otra vez que «los cristianos laicos están llamados a transformar el mundo secular»?

Lo que Cristo Salvador hizo, por ejemplo, con el matrimonio, salvándolo de sus lamentables versiones mundanas -poligamia, concubinatos, adulterios, divorcios, abortos, etc.-, devolviéndole su dignidad originaria, y elevándolo incluso a la dignidad de sacramento, eso mismo, mutatis mutandis, quiere y puede hacerlo Cristo con los cristianos en todos los demás aspectos de la vida secular: filosofía y arte, leyes y cultura, ocio y negocio, justicia y relaciones sociales.


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 Asunto: Re: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 12/12/2008, 01:56:41 
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Carmen:
[*] Los enemigos del alma son siempre los mismos, y todas las almas (salvo las de Jesús, María, y probablemente San Juan Bautista y San José, que no lucharon con su carne) han tenido, tienen y tendrán que combatir contra esos "enemigos del género humano", cada día de su vida terrestre.
Sin embargo, esa afirmación sólo nos dice que, efectivamente, ni aun en el mejor de los escenarios sociales posibles podremos descansar totalmente en las instituciones, evitándonos el sufrimiento para ser buenos, con la gracia de Dios. Esa afirmación no nos dice, por contra, que todas las situaciones históricas, sean las que sean, son "iguales" en orden a la realización de nuestra vida cristiana.
O lo que es lo mismo, si hay un error "pesimista" que considera que todo tiempo pasado fue mejor, no deja de haber otro error "igualitarista" (en el que da la impresión que tropiezas, cara Carmen) que sositene que todos los tiempos son iguales para esa realización. Cierto que ese error tiene su parte de verdad (la mencionada constante de los enemigos del alma) pero niega un aspecto también muy cierto y es que el ser humano tiene una naturaleza social y es, por lo tanto, influenciado por su medio, sea a favor, sea en contra de su vocación divina. Está claro que la gracia lo puede todo, pero la gracia ni destruye ni niega nuestra naturaleza. Y Dios, el autor de la gracia y autor de nuestra naturaleza, nos creo sociales con la ambición de que la sociedad fuera para nosotros ocasión de gracia.
Dicho esto, afirmar que toda las familias cristianas han vivido siempre en condiciones de persecución en este mundo me parece un error "utopista", es decir, negacionista de nuestra naturaleza social. Porque sencillamente no es verdad. ¿Es que acaso las familias que han vivido en contextos sociales favorables no tenían que luchar aparte de con el demonio y la carne, también con el mundo? Pues claro que debían luchar, pero la organización social, cuando no se hace contra Cristo sino por Cristo, se convierte en un medio favorecedor de la gracia. Ojo: mundo no es igua a sociedad. Es más, mundo ([i]kosmos[/i]) es una organización de la realidad (también la vida común, pero no sólo) de espaldas a la condición de criatura. Digamos que "mundo" no es una "maldición" de la sociedad (que puede perfectamente ser cristiana, ¿admitimos esto?), sino una tendencia del pecado original, presente en nosotros y en toda la realidad, también en nuestra vida en común.
La organización social conforme a la voluntad de Cristo no es que sea "aparentemente" favorable, sino que es "realmente" favorable. Otra cosa es que no sea "determinantemente" favorable. Los utópicos se desencantan de la sociedad porque le piden lo que aquella no puede darles (constitutivamente, conforme a la voluntad de Dios) y por eso acaban por despreciarla, un poco al modo de la zorra de Fedro: "Nondum matura est...".

[*] El primado de la realidad sobre nuestros pensamientos. Si no nos andamos con ojo, y aplicamos unos principios (que pueden ser ciertos, pero necesitan una articulación exacta) a rajatabla, podemos acabar negando lo palmario. Dices: "creo que pensar que estamos nosotros en peor, o en mejor, situación vital que la que vivieron nuestros abuelos o tatarabuelos, en concreto respecto a la educación católica de nuestros hijos, no es del todo verdadero". Vamos a ver, los principios de lo que hoy tenemos, estaban presentes entonces -concedido-, pero lo que dices es una enormidad. Insisto en la distinción que he hecho más arriba. Nuestros abuelos y tatarabuelos, tuvieron que luchar con los mismos enemigos del alma que nosotros. Cierto. Pero el grado de deterioro de las insituciones sociales (que les influía en ese combate) ha ido en aumento (al menos desde el siglo XV) y con particular aceleración en los últimos siglos y más aún en los últimos decenios.
Es una cuestión de principio y no de medida: o concedes relevancia a las insituciones sociales en el orden de la consecución de los fines de cada ser humano, o no se la concedes. Si lo admites (con la tradición filosófica occidental y, sobre todo, la enseñanza de la Iglesia, pero contra todo el liberalismo "libertarian"), entonces hay que valorar las insitituciones en la medida en que éstas se conforman al ideal del bien común (coronado por el Reinado Social de Cristo), o no lo hagan.
Estoy completamente de acuerdo (salvo en lo de salvados: más bien redimidos) cuando dices "Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre, y cada uno de nosotros ha sido salvado por Él, y llamado a la comunión con Dios, a la santidad de vida personal, familiar y social". Pero me parece erróneo que esta verdad te haga negar la que yo afirmo. Mala cosa es oponer una verdad a otra.

[*] Retomo, pues. Lo que yo afirmo es que las circunstancias actuales son particularmente hostiles para la vida de fe y no sólo: también para una vida que pueda llamarse meramente humana. La gracia es gratis, y hay que recibirla y vivir conforme a su ley, sí, pero no hemos sido llamados a una utopía, sino a vivir esa gracia -a ser posible- en sociedad y por lo tanto, a hacer, a rehacer la sociedad. Si entre tanto nos percatamos de que ha llegado la hora del Santo Advenimiento, bueno, que nos pille enfangados en esa lucha por el reinado social de Jesucristo: instaurare omnia in Christo.


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 Asunto: Re: Confidencias sobre la dificultad de esta aventura
NotaPosteado: 12/12/2008, 16:36:11 
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A modo de ejemplos a discutir, para centrar el tema (que no es tanto si estos son peores tiempos que otros, sino si todos los tiempos son totalmente iguales para la persecución de una vida católica):

1. Después de la batalla de Tolbial, hacia el 498, el día de Navidad, el rey de los francos, Clodoveo, se bautiza en Reims. Pero no sólo él: le acompañan 3.000 de sus guerreros, que se incorporan al Cuerpo de Cristo el mismo día que su rey. Pregunta: ¿tenían los súbditos de tan gran rey católico que luchar contra el mundo, la carne y el demonio, como nosotros? Respuesta: sí, y cada día. Pregunta: ¿acaso no favoreció grandemente la salvación y el desarrollo de la civilización y vida católicas la conversión de Clovis y su posterior admirable política de instaurare omnia in Christo? Respuesta: no hay más que pensar en esos 3.000, antes y después de la conversión de su rey. Pero también en el resto de sus súbditos, antes y después de esa conversión.

2. Pensemos en un aspecto bien concreto: la guarda de la castidad. ¿Ha variado la doctrina de la Iglesia en lo tocante a la firme exigencia de que todos los cristianos mantengan perpétuamente inmaculado el hábito nupcial impuesto en el bautismo? No, ni podrá jamás cambiar: todos los cristianos deben guardar una perfecta castidad de pensamiento, palabra y obra, de acuerdo cada uno con su estado de vida. Ahora bien, la doctrina de la Iglesia reclamaba y reclama (tesis) que las sociedades se ajusten en ese terreno a una pureza de costumbres y que, por lo tanto, se repriman las modas indecentes, las actividades inmorales y muy particularmente la prostitución y la pornografía. Hoy, sin embargo, muchos afirman que la Iglesia ya no sostiene esta doctrina social. Este error se refuta principalmente por la invariabilidad de las enseñanzas doctrinales y morales de la Iglesia, pero se refuta también de un modo particular por un dato práctico: La Iglesia, que exige la pureza a los fieles, pide también la vigilancia de las costumbres a los gobernantes, pero resulta absurdo que, no habiendo variado la exigencia moral a los fieles, se quiera admitir como una situación normal la de la incentivación por parte de los poderes públicos de la inmoralidad (televisión, permisión de todas las desviaciones en público), la licencia de costumbres (campañas de Mº de Sanidad...), la tolerancia de la prostitución, incluso en plena calle, tolerancia de modos de vestir salaces...
No parece que se pueda negar el influjo pernicioso que todas estas perversiones auspiciadas o toleradas tienen en la vida concreta de cada uno, conviriténdose en un obstáculo añadido y multiplicando la fuerza de los enemigos del alma...

[No me parece ociosa esta discusión, porque contribuye a recuperar la perspectiva social de nuestro combate, que merced al continuado influjo del liberalismo, suele tender a un planteamiento "familiarista", "privado" y que prescinde de una dimensión social, entendida al modo liberal como "enemiga" e "invasora". Que los tiempos que corran sean pésimos en este sentido no quiere decir que nosotros podamos desconocer las verdaderas exigencias de nuestra naturaleza y de nuestra fe. Recomiendo vivamente la lectura de "El humanismo político de Santo Tomás", de Louis Lachance. Eunsa. Es un libro caro, pero iluminador]


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