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Una réplica: las familias cristianas siempre han vivido en condiciones de persecución en este mundo, creo. Las tentaciones del demonio, mundo, carne, han sido y son las mismas siempre, en circunstancias aparentemente "adversas" como en las aparentemente "favorables". Cierto que cada año, cada hora que pasa estamos más cerca del fin de los tiempos, cuando vendrá Cristo revestido de gloria, para juzgar al mundo, como Rey del Universo. Pero creo que pensar que estamos nosotros en peor, o en mejor, situación vital que la que vivieron nuestros abuelos o tatarabuelos, en concreto respecto a la educación católica de nuestros hijos, no es del todo verdadero. Cristo es el mismo, ayer, hoy y siempre, y cada uno de nosotros ha sido salvado por Él, y llamado a la comunión con Dios, a la santidad de vida personal, familiar y social.
Bueno, digo esto no para quitar hierro a la dificultad de la aventura sino para que pongamos los medios adecuados para afrontar esa dificultad, que no son otros que los que pusieron los santos de todos los siglos.
Dejo unos párrafos del libro "De Cristo o del mundo" del P. Iraburu, que estimo pertinentes en este momento:
La transformación del mundo
Cuando se dice, al modo bíblico y tradicional, que los cristianos deben renunciar al mundo interiormente, y en algunas cosas exteriormente (+Truhlar, Antinomiæ 118-119), surge en seguida la objeción de los modernos «amatores mundi»: de ese modo los cristianos quedan marginados y desentendidos del mundo, sin capacidad alguna para obrar en él y transformarlo.
¡La verdad es justamente lo contrario! Sólamente los discípulos de Cristo, libres del mundo, porque «no son de este mundo», tienen capacidad mental para extrañarse de él, para no ver como natural e inevitable lo que únicamente es histórico, perfectamente modificable; y sólo ellos tienen fuerza operativa para atreverse a transformarlo, contando con la gracia del Salvador del mundo.
Es muy importante comprender que por el mismo hecho de vivir libres del mundo, ya están realizando la transformación del mundo, ya son luz que ilumina las tinieblas, ya son sal que da sabor y evita la corrupción, ya son fermento con fuerza para transformar la masa. Es indudable: únicamente aquellos que están libres del mundo tienen en Cristo fuerza mental y operativa para transformarlo. Y en esto, como siempre, el testimonio de Cristo mismo y de los santos es absolutamente convincente.
El padre Truhlar acierta plenamente cuando en sus famosas Antinomiæ vitæ spiritualis, al estudiar el tema Transformatio mundi et fuga mundi, llega a la conclusión de que «una recta fuga mundi es al mismo tiempo un recto uso y una recta transformación del mundo. El que se independiza del mundo, asume ante él una actitud que expresa la idea y la voluntad de Dios. Ahora bien, tal actitud necesariamente completa y transforma al mundo, infundiendo en él una mayor semejanza a Dios». Evidente.
Unos novios que no aceptan el modo mundano de vivir el noviazgo, y que, con plena libertad del mundo, lo viven dóciles al Espíritu Santo -el único capaz de «renovar la faz de la tierra»-, están transformando «el mundo de las relaciones prematrimoniales»: están obrando en él como luz, sal y fermento evangélico.
Y por la misma e idéntica vía han de ser transformadas todas las realidades del mundo visible: el modo de vestir y de comer, de gastar el tiempo y el dinero, de organizar el trabajo y la convivencia, el ocio y el negocio, la manera de orientar las relaciones sociales, la educación de los hijos, la vida artística, social, económica, política... Estas transformaciones de mundos se iniciarán en personas, en seguida en familias, más aún, en grupos de familias, en comunidades más o menos amplias, para afectar finalmente -a los treinta años o a los tres siglos- al conjunto de la sociedad.
¿Hay acaso otro modo de transformar el mundo visible que esa fidelidad incondicional, en lo grande y en lo pequeño, personal o en asociaciones organizadas, al pensamiento y a la acción del Espíritu Santo, del Espíritu de Jesús, Salvador del mundo? ¿En qué se piensa, si no, cuando se dice una y otra vez que «los cristianos laicos están llamados a transformar el mundo secular»?
Lo que Cristo Salvador hizo, por ejemplo, con el matrimonio, salvándolo de sus lamentables versiones mundanas -poligamia, concubinatos, adulterios, divorcios, abortos, etc.-, devolviéndole su dignidad originaria, y elevándolo incluso a la dignidad de sacramento, eso mismo, mutatis mutandis, quiere y puede hacerlo Cristo con los cristianos en todos los demás aspectos de la vida secular: filosofía y arte, leyes y cultura, ocio y negocio, justicia y relaciones sociales.
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